lunes, 2 de febrero de 2026

LOS ESTÚPIDOS ESTÁN ACABANDO CON LA SOCIEDAD

El mundo no se está cayendo por culpa del mal, sino por culpa de los idiotas que creen saber lo que hacen. No es sátira, ni exageración. Es una realidad silenciosa que está devorando todo desde dentro.

No se trata de la ignorancia clásica, se trata de la estupidez estructural. Personas convencidas, seguras, inamovibles, pero peligrosamente vacías. ¿Te has fijado cómo los más incompetentes suelen hablar con más seguridad que los sabios? ¿Cómo los errores más devastadores nacen de bocas convencidas y mentes cerradas? Bonhoeffer lo dijo en medio del nazismo, la estupidez es más peligrosa que la maldad.

Porque mientras el mal puede ser combatido, la estupidez ni siquiera se reconoce a sí misma. Y por eso avanza sin freno, como un virus que no cree estar enfermo. El estúpido no escucha, no cuestiona, no duda, pero sí vota, opina, comparte y arrastra.

Y lo más grave, cree que está haciendo lo correcto. Mientras tanto, los que ven el desastre, callan, dudan, se aíslan. ¿Tú en qué lado estás? Porque si no lo sabes, ya tienes tu respuesta.

Esto no es un juicio, es una advertencia. No podemos seguir tratando la estupidez como una broma. Es hora de tratarla como lo que es, una amenaza existencial.

Porque si no la entiendes ahora, será demasiado tarde para detenerla después. Así que no mires hacia otro lado. Esto no es una charla más, es el último llamado a la lucidez.

Y ya es hora de escucharlo. Hay un tipo de poder silencioso que nadie teme porque nadie lo ve. No viene con uniformes ni con armas.

No impone con fuerza e impera por ignorancia. Y no por falta de libros, sino por falta de conciencia. Es el poder de la estupidez.

Y aunque suene ridículo, es probablemente la fuerza más peligrosa de nuestra era. Porque a diferencia del mal, que al menos tiene un propósito, la estupidez actúa sin saber que actúa. Golpea sin intención, pero con consecuencias.

¿Has oído hablar de Dietrich Bonhoeffer? Fue un teólogo alemán que se opuso al régimen nazi y pagó con su vida. Pero antes de morir, escribió algo que pocos han querido mirar con seriedad. Su teoría de la estupidez.

Bonhoeffer decía que el mayor enemigo de una sociedad no era el mal, sino la estupidez. Porque el estúpido no es malintencionado, es impermeable. No razona, no escucha, no se corrige.

Y por eso es mucho más manipulable y mucho más peligroso. Porque cuando una masa de personas estúpidas se pone al servicio del mal, ni siquiera lo sabe. Cree que está haciendo lo correcto, cree que está haciendo moral.

¿Y tú? ¿Cuántas veces has defendido algo solo porque lo escuchaste muchas veces? ¿Cuántas ideas repites sin haberlas pensado? ¿Cuántas veces has compartido indignación sin entender el origen? Todos cargamos un grado de estupidez. Y ese es el punto. El problema no es equivocarse.

El problema es estar convencido mientras está equivocado. Ese es el corazón de la estupidez. La soberbia del ignorante.

No es el que duda, es el que afirma con vehemencia lo que no entiende. Lo ves en todas partes. En el político que promete sin saber.

En el amigo que da consejos vacíos. En el vecino que habla de todo, sin haber estudiado nada. Pero lo más peligroso no es que existan, es que dominan la conversación.

Las redes sociales lo potencian. El algoritmo recompensa la estupidez segura, no la inteligencia silenciosa. Un estúpido viraliza su opinión como si fuera verdad.

Y tú, sin darte cuenta, la absorbes. Porque la repetición, según los estudios de psicología cognitiva, crea familiaridad. Y lo familiar se percibe como cierto.

Lo repites, lo adoptas, lo defiendes. Y así, sin darte cuenta, el estúpido comienza a pensar por ti. ¿Te incomoda eso? Debería, porque no estás a salvo.

Nadie lo está. Puedes tener dos títulos, leer cinco libros al mes, y aún así vivir con ideas heredadas que nunca cuestionaste. La estupidez no es falta de información.

Es falta de pensamiento crítico. Es aceptar sin digerir. Es indignarse sin entender.

Es actuar sin examinar. Y lo peor de todo es esto. Mientras tú dudas, el estúpido avanza.

Mientras tú reflexionas, el impone. Mientras tú temes equivocarte, el ya está decidiendo por ti. Esa es la tragedia.

Por eso Bonhoeffer decía que la única forma de combatir la estupidez no era con argumentos, sino con conciencia. Porque el estúpido no entiende razones, solo límites. ¿Te atreves a ponerlos, o vas a seguir dejándolos hablar por ti? Porque si tú no piensas, alguien más lo hará.

Y si ese alguien es un idiota convencido, no solo perderás tu voz, vas a perder tu mundo. Hay una paradoja cruel que casi nadie ve. Cuanto menos sabes, más seguro estás.

Cuanto más ignorante eres, más te atreves a hablar. Eso no lo inventé yo. Lo demostraron Dunning y Kruger en la Universidad de Cornell.

En mil, descubrieron que las personas con menos habilidades o conocimientos tienden a sobrestimar brutalmente su capacidad. Y no por malicia, sino porque la ignorancia impide ver cuán ignorante se es. Es decir, eres tan incompetente que ni siquiera puedes notar lo incompetente que eres.

Y por eso hablas, gritas, exiges, te indignas, porque en tu cabeza estás en lo correcto. Estás despierto, estás luchando, pero lo que realmente estás haciendo es amplificar el ruido. Y ese ruido es el que está apagando la razón colectiva.

¿Te has dado cuenta de cómo se viralizan más las frases simples que las ideas profundas? ¿Cómo una mentira dicha con convicción gana más poder que una verdad dicha con dudas? Vivimos en la era de la estupidez con confianza, donde el que grita más fuerte se convierte en líder, donde el que simplifica todo se vuelve referente, y donde el que piensa demasiado es descartado por complicado. Así es como la sociedad se auto disuelve, no en guerras, sino en decisiones absurdas, no por falta de tecnología, sino por exceso de certeza sin sustancia. Todos quieren tener la razón, pero pocos quieren tener razón con fundamentos, porque tener fundamentos cuesta, requiere tiempo, lectura, silencio, duda, autocrítica, y eso da miedo.

Es más fácil repetir lo que suena bien que pensar lo que tiene sentido. Es más cómodo indignarse por reflejo que investigar por convicción. Por eso los estúpidos se sienten fuertes, porque no tienen el peso de la duda, no cargan el silencio incómodo de quien aún no sabe.


Ellos ya saben todo, y esa ilusión de saber les da poder, pero un poder ciego, inmenso, contagioso. Mira a tu alrededor, observa la política, las redes, las calles, quién está hablando más, los sabios o los seguros, los que piensan o los que se imponen. ¿Y tú, de qué lado estás jugando? Porque cada vez que compartes sin entender, cada vez que aplaudes lo superficial, cada vez que desacreditas lo complejo, estás alimentando la maquinaria de la estupidez.

No importa cuánto te creas consciente, todos somos parte del problema cuando elegimos el atajo. Cuando evitamos pensar para no incomodarnos, el problema es que la incomodidad es la única vía a la verdad, y sin verdad, sólo queda ruido. Opinión, gritos, ruido que se disfraza de justicia, de moral, de sabiduría, pero sigue siendo eso, ruido.

¿Te parece exagerado? Entonces pregúntate, ¿cuántas de tus creencias más firmes las construiste tú y cuántas te las regalaron? ¿Cuántas veces defendiste algo porque todos lo hacían? ¿Y cuántas veces callaste sabiendo que estaban equivocados? Así es como ganan los tontos, no por fuerza, sino por volumen, no por sabiduría, sino por repetición, no por tener razón, sino por tener eco, y mientras más grande es el eco, más se confunde con verdad. La estupidez ha aprendido a sonar inteligente, y tú has aprendido a reconocerla. Imagina esto, una comunidad entera decide dejar de vacunar a sus hijos, no por evidencia científica, no por análisis profundo, sino porque alguien en redes dijo que las vacunas tienen chips y muchos lo compartieron.

El miedo se viralizó, y cuando quisieron reaccionar, ya era tarde. Un brote masivo de sarampión se expandió por la región. Niños hospitalizados, familias devastadas, autoridades colapsadas, ¿sabes cuál fue el origen? Una idea estúpida, repetida muchas veces, sostenida por gente segura de sí misma, pero vacía de criterio.

No fue el mal lo que destruyó esa comunidad, fue la estupidez organizada. Y esto no es ficción. Ocurrió en múltiples países, desde Europa del Este.

Lo documentaron centros de salud pública. Te das cuenta del patrón. El estúpido no cuestiona, pero actúa.

No investiga, pero influye. No entiende, pero decide. Y cuando muchos hacen eso al mismo tiempo, el resultado es colapso.

Un colapso lento, invisible, pero mortal. Y lo más inquietante es que esta dinámica no ocurre solo en temas médicos. Ocurre en política, economía, educación, relaciones.

En todo. Porque cuando la estupidez se vuelve mayoría, la lucidez se vuelve sospechosa. El sabio parece arrogante.

El prudente, tibio. El que duda, débil. Así se invierte la realidad.

Y tú que ves el incendio, empiezas a preguntarte si acaso estás loco tú. Porque todos alrededor aplauden lo que a ti te aterra. Es un gaslighting colectivo.

Una disonancia social inducida por la repetición de lo absurdo. ¿Sabes cómo lo llamó Tom Nichols en su libro The Death of Expertise? Una epidemia de autoafirmación. Todos creen tener derecho a una opinión sin tener obligación de saber.

Y claro, opinar es libre. Pero actuar desde la ignorancia cuesta vidas. Socava instituciones.

Degrada culturas. Y mientras la estupidez grita, la inteligencia se encierra. Y en ese silencio, pierde terreno.

Porque el mundo no se decide por el más sabio, se decide por el más insistente. Y cuando los tontos insisten todos juntos, hacen temblar los cimientos. El problema es que los inteligentes se cansan.

Se frustran. Se callan. Piensan que no vale la pena.

Que el sistema está perdido. Y es ahí cuando el idiota gana. No por tener razón, sino porque el que podía detenerlo se rindió.

¿Tú también estás en ese punto? ¿Ya te cansaste de explicar? ¿Ya bajaste la cabeza para no discutir? Entiendo ese agotamiento. Pero te lo advierto, cada vez que callas por cansancio, un imbécil gana terreno. Cada vez que no corriges una mentira, se convierte en verdad compartida.

Cada vez que toleras lo absurdo por evitar el conflicto, alimentas la ruina. ¿Hasta cuándo vas a retroceder? ¿Hasta que todo esté en ruinas? ¿Hasta que el mundo esté tan contaminado de estupidez que ya no puedas respirar cordura? Entonces no digas que no lo viste venir, porque lo estás viendo ahora. Y este no es un discurso apocalíptico, es un llamado a la responsabilidad.

Porque si dejas que el estúpido construya el mundo, después tendrás que vivir en él. Y lo que vas a encontrar no te va a gustar. Vivir entre estúpidos no sólo cansa, te rompe por dentro.

Porque llega un punto en que la realidad ya no parece real. Todo lo que tiene sentido es ignorado. Todo lo que es falso es celebrado.

Y tú, en medio del ruido, empiezas a sentirte ajeno al mundo. Como si habitaras una sociedad que ya no reconoce la verdad, la lógica, ni la cordura. Y eso te enferma el alma.

Porque no estás loco, pero te hacen sentirlo. No estás solo, pero nadie te entiende. Porque la estupidez no sólo es ruido externo, es una invasión interna.

Se mete en tu espacio mental, en tus relaciones, en tu forma de hablar. Empiezas a bajar el tono, a suavizar tus ideas, a callarte. Y ahí es cuando empieza la rendición.

Lenta, dolorosa, silenciosa. Porque adaptarse a la estupidez es una forma lenta de suicidio intelectual. ¿Pero qué haces cuando todo el entorno te empuja a aceptar lo absurdo? Cuando lo racional es visto como amenaza.

Cuando pensar te convierte en enemigo. Lo dijo Nietzsche. Quien con monstruos lucha, debe cuidar de no convertirse en uno.

Y si miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti. Esa es la trampa. Resistir puede consumir tu energía, pero adaptarte te quita el alma.

Y la mayoría elige lo segundo. No por cobardía, sino por agotamiento. Porque estar consciente en un mundo de inconscientes es una carga, una maldición, pero también un deber.

Porque si tú no resistes, ¿quién lo hará? Si tú no sostienes el pensamiento crítico, ¿quién lo salvará del exterminio? La estupidez no necesita convencerte, solo necesita agotarte, cansarte tanto que te calles, que bajes la cabeza, que te adaptes, que sonrías cuando deberías gritar, que digas sí cuando sabes que es no, que compartas frases vacías para que no te tilden de raro. Así es como gana, no con argumentos, sino con presión, no con lógica, sino con repetición, no con verdad, sino con ruido. Y lo más trágico, con tu consentimiento pasivo.

Cada vez que te traicionas para encajar, pierdes una parte de ti, una parte que no vuelve. Y si lo haces muchas veces, terminas pareciéndote a ellos, no en forma, pero sí en fondo. Porque nadie se vuelve estúpido de golpe, se vuelve estúpido por resignación, por cansancio, por abandono.

Y cuando ya no queda quien piense, el mundo queda a merced de quienes solo repiten. ¿Te suena exagerado? Mira a tu alrededor, escucha las conversaciones vacías, observa cómo lo frívolo es viral y lo complejo es ignorado, cómo se premia la apariencia, la certeza sin base, la indignación sin causa. Esa es la sociedad que se está construyendo, ladrillo por ladrillo, con cemento de estupidez colectiva, y tú estás dentro de ella.

No puedes escapar, pero sí puedes decidir si la refuerzas o la resistes. Porque esa es la única rebelión real, pensar cuando nadie lo hace, cuestionar lo que todos repiten, ser lúcido aunque duela, aunque agote, aunque incomode. Porque de eso se trata ser consciente en tiempos de estupidez, no de sentirse superior, sino de no permitir que te arrastren con ellos.

Tal vez no puedas cambiar el mundo, pero puedes dejar de ser parte del problema. Y eso, aunque suene poco, es una revolución en sí misma, porque en un mundo donde todos repiten, el que piensa, interrumpe, el que duda, incomoda, el que observa en silencio, amenaza. Y esa es tu primera arma, el silencio, no el de la rendición, sino el del discernimiento, el silencio que escucha, que filtra, que deja pasar lo inútil y retiene lo real, ese silencio que antecede a la palabra consciente.

Porque la estupidez habla sin pausa, pero tú no tienes que responder. Puedes elegir cuándo hablar y por qué. Puedes negarte a opinar cuando no sabes.

Puedes cuestionar incluso lo que siempre diste por hecho. Puedes practicar el pensamiento crítico como una forma de higiene mental, no para tener razón, sino para no ser arrastrado por la masa. Porque la masa no piensa, solo reacciona.

La masa no reflexiona, solo repite. Y tú no eres masa, no naciste para eso, pero si no te sostienes firme, te vuelves parte del rebaño sin darte cuenta. Y lo peor de todo es que ya no estamos en tiempos de neutralidad.

El silencio por miedo se convierte en cómplice, la indiferencia en permiso y la pasividad en alimento para el caos. Lo dijo Carl Jung. Lo que niegas, te somete.

Lo que aceptas, te transforma. Si niegas que la estupidez te afecta, ya te tiene. Si la aceptas, la ves, la nombras, la enfrentas, entonces puedes romper el hechizo.

Porque sí, es un hechizo, uno que adormece, que normaliza lo grotesco, que trivializa lo esencial y que poco a poco te convierte en lo que juraste no ser. Por eso no basta con entender el problema. Hay que actuar desde la lucidez, no desde la rabia, porque la rabia ciega.

No desde la burla, porque la burla aísla. Actuar desde la conciencia, desde el ejemplo, desde la firmeza sin violencia, desde el pensamiento sin arrogancia. ¿Y cómo se empieza con algo tan simple como esto? Antes de hablar, piénsalo.

Antes de compartir, investígalo. Antes de repetir, cuestiónalo. Antes de gritar, escucha.

Y si no sabes, calla. Porque callar con humildad es más sabio que gritar con ignorancia. Eso es resistencia.

Eso es integridad. Eso es empezar a sanar una sociedad enferma de certezas huecas. No vas a salvar el mundo.

No vas a convencer a todos. Pero vas a recuperar algo que sí puedes salvar. Tu voz, tu claridad, tu conciencia.

Porque si no lo haces tú, ¿quién? Y si no lo haces ahora, ¿cuándo? No necesitas fama, ni poder, ni seguidores. Solo necesitas no vender tu criterio por aceptación. No traicionar tu juicio por comodidad.

No apagar tu mente para encajar en el ruido. Porque cuando eso pasa, la estupidez ya ganó. Y tú lo sabes.

Lo has sentido. Lo estás viendo. Entonces, ¿qué vas a hacer con eso? Ahora ya lo sabes.

La estupidez no es graciosa. No es inofensiva. No es un chiste.

Es una amenaza. Una que se filtra en tus conversaciones. En tus decisiones.

En tu forma de ver el mundo. Y si no la ves a tiempo, se apodera de ti. No con violencia, sino con repetición.

No con fuerza, sino con comodidad. Porque el estúpido no necesita destruirte. Solo necesita que te calles.

Que dejes de pensar. Que lo dejes hablar por ti. Por eso, la verdadera pregunta no es si la estupidez existe.

Eso está claro. La pregunta es, ¿vas a dejar que te arrastre con ella, o vas a hacer lo que casi nadie se atreve y pensar por ti mismo? No es fácil. Te vas a quedar solo.

Te van a atacar. Pero también vas a ver con claridad. Y en tiempos de oscuridad, eso vale más que mil aplausos.

domingo, 1 de febrero de 2026

LA POBREZA ES NECESARIA PARA QUE EL SISTEMA FUNCIONE

 ¿Y si te dijera que la pobreza no es un error, sino una funcionalidad del Sistema?

¿Y si el hecho de que trabajes más de lo que vives, no es un error del Sistema, sino su mayor acierto?

Ésto no te lo enseñan en la escuela. La pobreza no es un defecto, es una función del Sistema. Es el engranaje que permite que todo funcione. Sin pobreza no existiría el lujo obsceno, ni existirían las grandes fortunas. Sin pobreza no habría obediencia, ni miedo, ni masas dispuestas a soportar cualquier cosa, con tal de sobrevivir.

El sistema necesita que existas tal como estás, agobiado, endeudado, agotado. Porque así le resultas útil, porque alguien tiene que hacer el trabajo sucio, alguien tiene que aceptar las migajas, alguien tiene que seguir soñando con subir, mientras otros deciden quién sube y quién cae.

No es tu culpa no haberlo visto antes. Te educaron para eso. Desde niño te vendieron la ilusión de que la pobreza es una tragedia a erradicar, cuando en realidad es el combustible oculto del sistema. Y si no entiendes esto, si no abres los ojos ahora, seguirás viviendo en una jaula que ni siquiera sabes que existe.

Esta información no es para que te sientas mejor, es para que pienses en buscar una solución, porque cuando ves como funciona la maquinaria, ya no puedes ignorarlo, así que, respira hondo y no mires para otro lado.

Empecemos por donde duele. Todo sistema necesita un pilar invisible sobre el cual sostenerse, y en el Capitalismo moderno, ese pilar se llama “desigualdad.”

No es un efecto colateral del Sistema, así es como ha sido diseñado.

¿Te parece casual, que la riqueza de unos pocos crezca a la misma velocidad que se multiplica la miseria de los demás?

No lo es. Es un equilibrio macabro, porque si todos tuvieran poder, nadie aceptaría ser explotado. Si todos tuvieran autonomía, nadie obedecería sin preguntar. Si todos tuvieran recursos, nadie sacrificaría su vida por un salario de hambre. La pobreza es el cemento con el que se construyen las grandes fortunas.

Pero la trampa más perversa no es material, sino mental. Desde que naciste te entrenaron para creer que tu esfuerzo te sacará adelante y que si no lo logras, es porque no lo mereces. Que si sufres es por tu culpa. Y así se perpetúa la maquinaria, con culpa, con vergüenza, con esperanza hueca, porque nada es más funcional para el Sistema que una masa de personas que no se sienten víctimas, sino fracasadas.

El filósofo francés Michele Foucault lo advirtió hace décadas. El poder moderno no se impone con látigos, sino con vigilancia y domesticación. El castigo ya no viene de afuera, viene de ti. Lo llevas dentro, como una voz que te dice que no vales lo suficiente, que no trabajas lo suficiente, que no te esfuerzas lo suficiente. Y mientras tanto produces, obedeces, consumes, sin darte cuenta de que tu sacrificio alimenta la prosperidad de los poderosos.

¿Crees que exagero? Entonces, dime esto: Si el sistema realmente quisiera erradicar la pobreza, ¿Por qué sigue premiando a quienes la crean, y castigando a quienes la sufren? ¿Por qué hay más dinero para rescatar bancos que para alimentar niños? ¿Por qué se subsidia a millonarios, pero se recorta la salud pública? No son errores, es estrategia. Es lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó “la reproducción del capital simbólico”, una red de mecanismos invisibles que mantienen la desigualdad de modo que parezca “natural” y que nadie parezca responsable.

Te venden un ideal de éxito, pero no te dicen que el juego está amañado. Te dicen que puedes lograrlo, pero no te dicen que la escalera fue diseñada para que pocos lleguen arriba. Y tú mientras tanto, te desgastas intentando encajar en un modelo que fue diseñado para excluirte.

¿Dónde está la justicia, en un mundo donde nacer en el lugar equivocado, te condena antes de comenzar? ¿Dónde está la equidad, cuando un niño rico fracasa y aún así hereda poder, mientras uno pobre triunfa y aún así resulta excluido o sospechoso?

Y entonces te preguntas por qué sientes que algo está mal. Por qué el éxito siempre parece un espejismo, que se aleja cuando más te empeñas en llegar.

La respuesta no está en ti, está en el Sistema, que necesita que sigas corriendo. Cada privilegio tiene una razón oculta, y si lo analizas, verás que siempre se debe al sacrificio de otro. La ropa barata que vistes, fue confeccionada en condiciones de esclavitud. El celular que usas, fue ensamblado por obreros que nunca podrán tener uno. Los alimentos que consumes, fueron cosechados por personas que apenas pueden subsistir, pero tu no lo ves, porque no quieren que lo veas. El lujo no nace del aire, nace del abuso. No hay mansiones sin barrios miserables. No hay avión privado sin jornaleros explotados. No hay cuentas “offshore” sin países saqueados. Y no, esto no es ideología, es simple observación de la realidad.

El economista Thomas Piketty documentó en su libro “El Capital en el Siglo XXI” que la riqueza no se distribuye, se concentra. El crecimiento económico no borra la pobreza. Cada vez que alguien acumula más allá de lo razonable, algún otro se hunde en la miseria. Es un mecanismo que opera en secreto, porque si fuéramos consciente de cada explotado que sostiene nuestra comodidad, no podríamos dormir.

Pero el Sistema es inteligente y ha convertido la desigualdad en paisaje. Te rodea, pero no la ves. Te impacta, pero no la sientes. Porque si sintieras el dolor del otro como propio, el sistema se vendría abajo. Por eso lo anestesian todo con entretenimiento, con likes, con selfies, con ruido. Te dan más pantallas para que veas menos. Más contenido para que pienses menos, más velocidad para que no te detengas a preguntarte nada.

¿Cuántas vidas sostiene tu estilo de vida? ¿Cuántas horas de trabajo esclavo hay detrás de tu rutina? ¿Cuánto silencio ajeno hay detrás de tu confort?

¿Cuántas veces deseaste ser exitoso? ¿Cuántas veces compraste la idea de que si no llegas es porque algo te falta? Sin embargo no te falta nada, pero te sobran cadenas invisibles, que no te permiten ver, porque si te das cuenta, todo se tambalea.

La pesadilla del Sistema es que empieces a cuestionar el precio real de las cosas, no el económico, sino el humano. ¿Cuántos sacrificios hay detrás de cada objeto fabricado? ¿Cuánta miseria fue necesaria para crear una marca de lujo? ¿Cuántos suicidios en fábricas, que no salen en la prensa? ¿Cuántos niños sin escuela, para que otro niño reciba educación privada?

No son datos sueltos, son síntomas de una enfermedad estructural, pero el Sistema se encarga de convertir todo en anécdota, en excepción, porque si la verdad te golpeara de frente, tal vez dejarías de aplaudir al exitoso, sin analizar a quién pisa. Si el esclavo cree que merece sus cadenas, no se necesitan látigos. Si el preso cree que merece la condena, no se necesitan cárceles.

Eso es lo que han logrado, domesticar la mente del explotado, para que ame ser explotado, para que lo defienda, aunque le cueste la vida. Y lo han hecho con precisión quirúrgica, no con balas, sino con creencias. La forma más eficaz de perpetuar una injusticia, es mostrarlo como “sentido común.” Te dicen, "El que quiere puede” y así convierten tu fracaso en culpa personal. Te dicen, el dinero no da la felicidad y así te enseñan a conformarte. Te dicen, "No todos pueden ser ricos” y así legitiman la pobreza, como si fuera parte del orden natural.

Y tú te tragas todo eso, porque nadie te dio herramientas para desmontarlo. Porque te enseñaron a respetar más a la autoridad que a tu propia dignidad. Porque desde niño te premiaron por quedarte quieto, no por cuestionar.

Y cuando hiciste algo bien, ¿qué obtuviste? Una medalla de cartón, una palmada en la espalda, una deuda que nunca acaba. Y el silencio, siempre el silencio.

Lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó “Violencia Simbólica” es esto. No es un golpe físico, es un golpe al alma. Es naturalizar tu lugar en el mundo, cuando ni siquiera te preguntas por qué siempre estás abajo. Es cuando te convences de que tal vez ahí es donde debes estar. ¿Te das cuenta de lo profundo que es esto?

No basta con darte cuenta de que el sistema es desigual. Tienes que visualizar cómo esa desigualdad vive dentro de ti, en tus pensamientos, en tus hábitos, en tus relaciones. Cuando aceptas trabajos que te destruyen, porque hay que pagar las cuentas. Cuando te callas frente al abuso, porque no quieres perder lo poco que tienes. Cuando celebras las victorias ajenas, aunque tú no tengas ni para empezar. Allí está la trampa.

La pobreza es psicológica, no es solo económica. Es estructural, no solo circunstancial. Es heredada, no solo sufrida. ¿Nunca te preguntaste por qué es tan difícil romper el ciclo? ¿Por qué una familia pobre sigue siéndolo, generación tras generación, aunque haya esfuerzo, talento e inteligencia?

El Sistema no solo te roba recursos y visión, te roba el derecho a imaginar otra vida, te instala el miedo a desobedecer, te convence de que cambiar las reglas es peligroso o inútil. Y así lo injusto se vuelve rutina, lo indigno se vuelve paisaje, y tú lo soportas “porque así es vida”. Se trata de vivir para pagar cuentas, obedecer, y repetir rutinas sin sentido hasta el día de tu muerte.

Todo eso está programado, es lo que el Sistema necesita para funcionar sin choques. Masas educadas para no revelarse, para culparse, para aspirar sin moverse. Porque si un pobre despierta, se vuelve peligroso. Si un pobre se organiza, el equilibrio tiembla. Si un pobre deja de culparse, todo se vuelve evidente. Por eso te mantienen distraído, cansado, dividido, porque saben que mientras luches contra ti mismo, nunca lucharás contra ellos. Y así el sistema gana sin despeinarse. Peor que ser pobre, es creer que lo eres porque no supiste triunfar.

Te enseñan a mirar hacia arriba, nunca hacia los lados. A aspirar a una vida que casi nadie logra, a venerar al que llegó, aunque sepas que pisó a muchos. Y tú con el alma rota y los sueños rotos, igual los aplaudes, porque crees que si te esfuerzas más, algún día serás como ellos. Pero ese día nunca llega, porque no estaba hecho para ti, porque el modelo no fue diseñado para incluirte, sino para usarte como peldaño.

Un sueño necesita soñadores, pero luego hay que despertar, y tú sigues dormido, creyendo que escalar la pirámide te hará libre, sin notar que el camino es una cinta sin fin.

Has convertido tus fracasos en vergüenza, tus dudas en debilidad, tu tristeza en defecto. El éxito que admiras está construido sobre la mentira de que todos pueden lograrlo, que basta con querer, que basta con creer. Pero si todos pudieran lograrlo, ¿quién quedaría para limpiar las oficinas, repartir paquetes, vender seguros, cargar sacos, recoger basura?

El Sistema es una pirámide y tú naciste en la parte baja. Te dijeron que era temporal, pero llevan diciéndolo durante generaciones.

La movilidad social es una excepción, no una regla, el Sistema te muestran al éxito como un trofeo, una excusa, un anzuelo, para que sigas creyendo. Lo exhiben como prueba de que se puede, mientras ocultan a los millones que quedaron en el camino. Y tú te sientes culpable por no ser exitoso, por no salir adelante, por no cumplir tus objetivos, pero, ¿Alguna vez te preguntaste quién definió ese futuro? ¿Quién trazó esa meta? ¿Quién decidió que vales por lo que produces? ¿Por lo que acumulas? ¿Por lo que aparentas?

No fuiste tú. Solo heredaste una narrativa y ahora te culpas por no encajar en ella. Te levantas cada mañana con la presión de llegar a un lugar que no existe, con el miedo de no ganar en un juego donde los dados están cargados.

Y mientras corres te deterioras y te agotas, porque nadie te enseña a detenerte, a mirar, a preguntarte, ¿Qué pasaría si el éxito no fuera una meta, sino una trampa? ¿Qué pasaría si mi valor no dependiera de ser útil para otros? ¿Qué pasaría si dejara de correr?

Pero no puedes hacerlo, porque estás rodeado de otros que también corren, que también sufren en silencio. Y eso es lo que mantiene al Sistema en marcha. El miedo colectivo a desobedecer las reglas, el terror a quedar excluido, el pánico a no pertenecer. Por eso sigues aunque duela, aunque no entiendas por qué, porque en algún rincón de tu mente, aún crees que todo esto vale la pena, sin saber que no lo vale, al menos no a ese precio.

Romper el ciclo no significa ganar más dinero, significa dejar de vivir como si fueras un engranaje reemplazable. Pero cuidado, esto no es una invitación a ser feliz, ni a pensar en positivo. Es una provocación para despertarte, para dejar de esperar que el cambio venga desde arriba, porque desde allí nunca vendrá.

Quienes se benefician y controlan el Sistema no tienen interés en cambiarlo, ni les interesa redistribuir un poder que fue construido para no compartirse.

¿Entonces qué queda? Conciencia, Cooperación, Estructuras Alternativas. Pero antes hay que ver la realidad de frente. Si no haces consciente la esclavitud moderna en la que estás atrapado, seguirás obedeciendo, creyendo que eso es la libertad.

Si quieres cambiar tu vida, empieza por desobedecer el guion. Deja de repetir el libreto del Sistema. Deja de pensar que el problema eres tu, y de cargar con culpas que no son tuyas.

Y cuando te libres de eso, busca a otros como tu, porque solo no se puede. Porque el sistema te quiere aislado, confundido, agotado.

Pero juntos, lúcidos y decididos, somos un riesgo real. La cooperación es lo que más teme el poder. La organización sin líderes, sin ídolos, sin dependencia. La comunidad que no necesita validación externa. No hablo de utopías, hablo de resistencia emocional, de redes que no repiten la misma lógica impuesta desde arriba. Pequeñas células de conciencia que no rinden culto al éxito, que no premian la apariencia, que no sacrifican la vida por el rendimiento.

Es difícil y duele, porque implica dejar de ser el bueno, el que aguanta, el que algún día llegará. Y eso equivale a una muerte simbólica, para renacer a una nueva vida.

Pero si no lo haces, seguirás corriendo en círculos, y cuando envejezcas, mirarás atrás y verás que todo fue una estafa, que diste tu vida a cambio de nada, que esperaste justicia de un sistema que solo sabe castigar, y entonces ya será tarde.

Por eso tienes que decidir hoy, no mañana, no cuando tengas tiempo, no cuando estés más preparado. Ahora, justo en este instante en que algo dentro de ti se revuelve, se resiste, se quiebra. Eso que sientes es el inicio del cambio, no el cambio externo, sino el que ocurre dentro cuando dejas de mentirte, cuando reconoces que esto no se trata solo de ti, sino de muchos otros. Porque mientras tú luchas por sobrevivir, hay otros cientos, miles, millones haciendo lo mismo en silencio. El Sistema no se derrumba si cada uno cree que está solo, pero no lo estás. Nunca lo has estado, solo te lo hicieron creer, pero ahora lo sabes, y ahora tienes una decisión, porque ya no basta con saber, tienes que hacer algo con eso. Aunque sea pequeño, aunque duela, aunque sientas temor.

La pobreza seguirá existiendo mientras creamos que es individual, mientras la veamos como un error personal y no como el engranaje diseñado por una estructura enferma. Pero si logras ver, si logras hablar, si logras unir, el ciclo se debilita y tú renaces. El verdadero infierno no es la pobreza, es vivir creyendo que mereces ser pobre.

Es ver pasar la vida entera sintiendo que algo te falta, cuando en realidad nada te falta, en cambio, lo que sobra es la mentira. Mentiras disfrazadas de consejos, de reglas, de metas. Mentiras que llaman realismo a la resignación, madurez al miedo, y responsabilidad a la sumisión.

El sistema no necesita cadenas de metal. Le basta con una hipoteca, una deuda, un

hijo que depende de ti, una culpa incrustada en el pecho, y ya te tiene atrapado.

Obedeces, te callas, te adaptas. Pero la adaptación tiene un precio. Cada vez que te ajustas a una estructura que te niega, algo dentro de ti muere. Cada vez que aceptas

un salario que te humilla, una rutina que te agota, una promesa que no se cumple, te vas vaciando por dentro, hasta que un día solo queda el cascarón, una máscara que sonríe en la oficina, que cumple horarios, que paga cuentas, pero que ya no siente.

¿Y todo eso para qué?. Para que otros sigan arriba. Para que las cifras macroeconómicas se mantengan estables. Para que todo funcione. ¿Funcione para quién?. Porque a ti no te funciona. A ti te duele, te rompe, te apaga, y nadie vendrá a rescatarte. Nadie. Porque el Sistema no salva, el Sistema premia a unos pocos obsecuentes y castiga a quien se sale del guion.

Si esperas justicia, prepárate para frustrarte. Pero si estás dispuesto a dejar de esperar y empezar a construir algo distinto, entonces tal vez haya una salida, pero no será fácil. Tendrás que cuestionar lo que evitaste toda tu vida, tu obediencia, tu miedo, tu silencio, tu precaria comodidad, porque aunque estés sufriendo, aún hay comodidad en seguir como vas. Aún hay cierta seguridad en no hacer olas, en culpar al gobierno, al jefe, a la crisis, sin asumir tu parte. Pero tu parte no es la culpa, es la responsabilidad, no la de cambiar el mundo, sino la de no seguirlo sosteniendo como está. ¿Te das cuenta?

La verdadera revolución no empieza afuera. Empieza cuando dejas de pedir permiso para existir, cuando ya no necesitas validarte a través del éxito ajeno, cuando eliges perder algo antes que obedecer lo que no te aporta nada.

Schopenhauer decía que el hombre sufre porque desea, pero en este Sistema el sufrimiento no nace del deseo, sino de la ilusión de que puedes alcanzar todo si “te portas bien”, para luego comprender que es imposible.

Al menos bajo estas reglas, porque fueron escritas por quienes ya ganaron antes de que tú nacieras. Entonces, ¿cuál es la única victoria posible? Desprogramarte, recuperar tu alma, desobedecer por dentro, hablar con otros que también sienten que algo está podrido, no para quejarse, sino para crear, no para culpar, sino para romper, no para huir, sino para mirar de frente.

Una vida pobre no es solo una cuenta bancaria vacía. Es vivir con miedo, con sumisión, con la cabeza gacha, y eso no es vida, es servidumbre, y nadie merece eso. Vas a tener que luchar contra cada pensamiento que te dice, "No se puede”, “No vale la pena", porque esa no es tu voz, es la voz del Sistema, y si no la callas, te seguirá dictando el guion hasta tu último suspiro, y entonces todo esto habrá sido en vano.

Ahora que lo sabes, ya no puedes mirar para otro lado. Ya no puedes fingir que el Sistema es normal, porque no lo es. Y no se trata de ponerse violento, se trata de dejar de mentirte, de mirar ese espejo falso que llamas realidad y preguntarte si vas a seguir actuando como si no supieras de que se trata todo ésto. Ésa la única pregunta que importa ahora. El resto es ruido, distracción, sumisión, resignación.

viernes, 30 de enero de 2026

PARADOJAS DEL PRESIDENCIALISMO (16/11/2009))

Nota de A.F. Laría en el diario "La Capital" de Mar del Plata (Marzo/2009)

En el marco de un sistema presidencialista como el argentino es comprensible que, para el titular del Poder Ejecutivo, una consulta democrática al electorado se convierta en un "escollo" u obstáculo fastidioso puesto en su camino. El Presidente ha sido plebiscitado en las urnas el día de su elección y, por consiguiente, cualquier resultado electoral adverso posterior erosiona su legitimidad de origen.
Este es un problema que nunca se suscita en los sistemas parlamentarios, donde un resultado electoral que modifica la mayoría parlamentaria, fuerza la sustitución del Ejecutivo para conservar la coherencia entre Gobierno y Parlamento.
En el sistema parlamentario, la "anticipación" de las elecciones, es decir su convocatoria antes de que finalice el período de mandato de los diputados, es un acto legítimo y habitual.
Allí, el Gobierno no es más que un poder delegado del Parlamento y cuando pierde el apoyo de uno de los partidos que conforman la coalición que ha permitido su formación o existe una situación de elevado desgaste del Primer Ministro, lo habitual es el llamado anticipado a elecciones. Esto conlleva la disolución del Parlamento y la renovación completa de las cámaras, es decir un modo de "barajar y dar de nuevo".
En un sistema presidencialista, frente a un mandato rígido del Presidente, la convocatoria anticipada de elecciones de diputados carece de significado institucional alguno y responde a meras razones de oportunidad u oportunismo electoral.
Sin embargo, lo que desde un punto de vista táctico puede considerarse una maniobra hábil del Ejecutivo, desde la perspectiva de la calidad institucional no deja de ser una medida deplorable.
Las cuestiones vinculadas a las "reglas de juego", en las democracias consolidadas, son siempre objeto de protección especial. En general, cualquier modificación del régimen electoral, debe hacerse por medio de "leyes orgánicas" (España) o "leyes constitucionales" (Italia), es decir leyes cuya modificación o derogación exige mayoría absoluta del Congreso (la mitad más uno de todos sus miembros y no sólo la de los legisladores presentes) en una votación final sobre el conjunto del proyecto.En la Argentina, según el artículo 77 de la Constitución Nacional, cualquier modificación del sistema electoral o del régimen de partidos políticos, también necesita de una Ley aprobada por la mayoría absoluta de las dos Cámaras del Congreso.
Esta protección especial pone de manifiesto que estamos frente a una materia delicada, que no pude ser objeto de manipulación partidista, para ajustarla a las necesidades políticas de uno de los jugadores. Por consiguiente, la modificación intempestiva de las reglas de juego, sin buscar el consenso con la oposición, nos instala nuevamente en un escenario de debilidad institucional.
La enorme paradoja de una elección anticipada en el marco de un sistema presidencialista, es que institucionalmente carece de sentido. Si el mandato de los diputados es rígido, al igual que el mandato del presidente, no existe justificación alguna que explique esta modificación del Código Electoral.
De este modo, la Argentina se encontrará ante un escenario en el que los diputados electos el 28 de junio de 2009 no podrán asumir hasta la finalización del mandato de los que van a ser sustituidos en el mes de diciembre de 2009. Si el resultado electoral cambia la composición política de las Cámaras, se estará frente a un Congreso que continuará dictando leyes entre julio y diciembre, pero que ha perdido prematuramente su legitimidad.
Además, si el Gobierno pierde en junio la mayoría parlamentaria, se pasará, a partir de enero de 2010, del "presidencialismo absoluto" al "presidencialismo impotente". Es un rasgo característico del sistema presidencialista que cuando el Gobierno no cuenta con suficiente respaldo parlamentario, sobreviene una época de crisis y extrema debilidad presidencial.
La convocatoria anticipada de elecciones efectuada por la presidenta Cristina Fernández, permite poner al descubierto las enormes contradicciones y paradojas del sistema presidencialista. La rigidez del mandato presidencial, causa histórica de decenas de crisis institucionales en América latina, muestra una y otra vez la base estructuralmente ineficiente de las "monarquías electivas". En la vida social, se suele ser más práctico. Ningún club de fútbol designa a un entrenador o DT por un período rígido de tiempo, garantizando su plena estabilidad a pesar de los malos resultados.
Sin embargo, en un tema tan delicado como en la responsabilidad de gobernar una nación, se hace exactamente eso: se designa al entrenador por cuatro años y, cualquiera que sean los resultados, se espera resignadamente a que termine su mandato. Luego, claro, llegan las quejas de que las cosas, en el terreno institucional, no van demasiado bien en la Argentina.

DEBATE SOBRE PARLAMENTARISMO Y PRESIDENCIALISMO (18/11/2009)

DEBATE SOBRE PARLAMENTARISMO Y PRESIDENCIALISMO EN LA UBA - 18/11/2009

Últimamente se escucha hablar de “parlamentarización del presidencialismo” y es curioso ver que en países donde el parlamentarismo ha puesto límites concretos al presidencialismo (como en Italia) se habla de “presidencialización del parlamentarismo” Creo que no es conveniente mezclar instituciones y sistemas. En Argentina la reforma constitucional de 1994 mezcló cosas que no se podían mezclar. Injertó algunas instituciones del parlamentarismo en un sistema presidencialista, sin definirlas adecuadamente. Realizó una transferencia del poder constituyente al poder constituido. No voy a entrar en detalles, pero muchas de las dificultades que hoy tenemos, provienen de estos injertos.
El presidencialismo en América Latina arrastra malas experiencias a lo largo de dos siglos. Sin ir tan lejos, analicemos lo ocurrido desde 1980 para acá. Por suerte hemos tenido solo un par de golpes de estado, pero hemos tenido casi 20 presidentes con mandatos interrumpidos, muchos con violencia y con muertos. Algo está fallando. Debemos tener la posibilidad de cambiar un gobierno sin necesidad de matar a nadie. Una crisis de gobierno no se debe convertir en una crisis del sistema, un pequeño vuelco no debe convertirse en un desbarrancamiento fatal.
El presidencialismo encierra en si mismo una lógica perversa, porque un candidato puede quedarse con todo el poder, gracias a una diferencia mínima de votos. Hemos sufrido ese problema en México y en Costa Rica, donde una diferencia mínima ha determinado una presidencia. A partir de ese momento, la oposición se dedica a obstaculizar al gobierno y a tratar de arrebatarle el poder. Hay personas que se adaptan a esta situación perversa, evidentemente porque son perversos, pero, mas allá de las personas, el sistema en si mismo es perverso. Se dice que no podemos pasar a un sistema parlamentario puro como los europeos, porque no tenemos experiencia. Pero yo pregunto ¿que experiencia tenían nuestro próceres en 1810 o 1816? Según esta lógica, debían haber continuado bajo el régimen colonial, sin plantearse ningún cambio.
Por otra parte, no es cierto que no tengamos experiencia. En todas las crisis a que hemos sufrido, siempre hemos salido gracias al parlamentarismo. Nosotros mismos hemos tenido una salida parlamentaria a la crisis del 2001. Mal hecha y a los tumbos, claro, porque nuestro sistema es presidencialista. Entonces, si el sistema sirve en épocas de crisis, ¿por qué no ha de servir en épocas normales? Una de las virtudes del parlamentarismo es justamente la de evitar las crisis.
Por otro lado, en Argentina tenemos un sistema electoral cruzado con el sistema presidencialista. La lógica presidencialista demanda un sistema electoral de mayorías y minorías, que es injusto, porque deja sin representación a expresiones minoritarias, y obliga al votante a tomar opciones “de hierro”, pero es el sistema electoral que se adapta al presidencialismo, porque garantiza al presidente electo que al menos los dos primeros años, tendrá mayoría en las cámaras.
Sin embargo, nosotros tenemos el sistema de cociente electoral (proporcional) que es propio del parlamentarismo. El resultado es la desaparición de los partidos políticos en América Latina, porque un sistema proporcional, mezclado con un sistema presidencialista, atomiza las fuerzas políticas. Cualquiera que tenga una cierta cantidad de votos, puede postularse usando un “sello de goma” y ocupar una banca, debilitando el sistema de partidos.
Un Sistema Parlamentario obliga a realizar por lo menos dos coaliciones, una oficialista y otra opositora. Históricamente esas coaliciones han acabado formando partidos unificados, y si no lo logran, igualmente son positivas, porque implican consensuar políticas. Se entiende que esas alianzas se configuran por razones de gobernabilidad, se reparten puestos en el gabinete, etc. pero se arman a la vista de todos. A veces esas alianzas son heterogéneas, pero se hacen a la vista, no son oscuros contubernios.
En cambio, en los Sistemas Presidencialistas, las alianzas se arman a escondidas, y por lo tanto siempre resultan sospechosas. Se dice que el parlamentarismo no garantiza evitar todas las crisis, pero, si la crisis es terminal -si es un tsunami- no hay quién la pare y en ese caso, ¡sálvese quien pueda! Pero no todas las crisis son de ese calibre, de hecho, las ocurridas en América Latina durante los últimos 20 años, han sido solo crisis políticas, que el presidencialismo ha convertido en crisis de sistema, porque esa es su lógica perversa. Nuestra crisis del 2001, fue una crisis política grave, pero no fue un tsunami. Sin embargo, el propio sistema nos llevó al borde del abismo, cuando en un Sistema Parlamentario, se habría solucionado con mucha mayor facilidad y nos hubiéramos ahorrado unas cuantas vidas humanas.
No creo que convenga seguir mezclando instituciones y sistemas. Se habla mucho del semi parlamentarismo del modelo francés, pero ese sistema fue el resultado de una coyuntura especial, porque los gobiernos de la época no pudieron imponerse al ejército, para acabar con la guerra colonialista, y tuvieron que llamar al general De Gaulle, quién tomó la decisión de conceder la independencia a Argelia, terminando así con la guerra y salvando a Francia. La constitución francesa que instituyó el semi-parlamentarismo, no fue producto de un debate de la sociedad. Fue un proyecto redactado por un ministro de De Gaulle, aprobado por un plebiscito, y tiene un inconveniente serio de carácter institucional.
En un Sistema Parlamentario, el presidente (jefe de estado) no gobierna, pero tiene el poder de decidir en situaciones de crisis. Puede convocar a los líderes políticos y puede encargar la formación de un nuevo gobierno. Y si eso falla, tiene el poder de disolver el parlamento y llamar a elecciones anticipadas, en un breve lapso de tiempo. El jefe de estado ejerce un “poder moderador”, por eso es una figura un tanto patriarcal y políticamente neutra. Normalmente se elige para ese cargo a un político de edad avanzada, con una vida política ya hecha y sin ambiciones personales. Alguien que está “más allá del bien y del mal” Por eso es un error que en Francia el jefe de estado sea el político que perdió las elecciones, o sea, el jefe de la oposición, cosa que lógicamente genera problemas, porque esa figura política está muy lejos de una neutralidad patriarcal.
Como vemos, el sistema francés tiene muy poco de parlamentario. Es un Sistema Presidencialista con muletas para llegar hasta las próximas elecciones. Sin embargo ha sido adoptado por muchas de las nuevas democracias de Europa Oriental, donde está generando muchísimos problemas, demostrando una vez más que quedarse a medio camino con soluciones híbridas nunca es bueno.
En nuestro país tenemos muchos problemas institucionales y creo que la solución pasa por generar un gran debate nacional, para armar una nueva ingeniería institucional, con un poder más horizontal, con mayores controles, pero con gobiernos fuertes, que tengan mayoría parlamentaria, producto de alianzas. Y cuando pierden esa mayoría, tienen que irse a casa y dejar lugar a un nuevo gobierno.
Así terminaríamos con las re-re-elecciones. Si un gobierno mantiene la mayoría parlamentaria, o sea, mantiene los consensos, estará en el poder el tiempo que sea, hasta que la pierda, y punto.
En Europa algunos gobiernos se han mantenido muchos años en el poder, simplemente porque tenían los apoyos y consensos necesarios, pero siempre con un fuerte control de la oposición. Y cuando lo pierden, se van a su casa, sin alternativas, porque así lo han determinado las fuerzas parlamentarias.
En nuestro país no solo en el Ejecutivo y el Legislativo tenemos problemas. En el poder Judicial tenemos un Consejo de la Magistratura totalmente desdibujado, con una Constitución que dice “la Corte gobierna y el Consejo administra”, conceptos y funciones que hasta el día de hoy no están claros.
En un Sistema Parlamentario, el Consejo de la Magistratura gobierna el poder Judicial, pero eso no ocurre entre nosotros. El control “constitucional” en última instancia lo ejerce un tribunal constitucional, que es un tribunal político, que está fuera del poder Judicial. Es una especie de cuarto poder, que hay que diseñar con mucho cuidado, porque es el que resuelve los conflictos de poderes y es también quien puede decidir si una ley perdió vigencia y es inconstitucional. Este es un control de “inconstitucionalidad” serio, que hoy no tenemos. La declaración de inconstitucionalidad de la Corte Suprema no tiene peso, y no obliga siquiera al resto de los tribunales del país. En cada caso hay que recurrir a la Corte Suprema, rezando por que no haya muerto ninguno de los jueces, porque eso puede cambiar todo.
Supongamos que alguien quiere invertir 100 millones de dólares, y pregunta si un contrato es válido. Yo tengo que contestar que con esta corte si, pero mañana no lo se. Y ni hablar de los casos penales, porque lo que hoy no es delito, mañana -con otra corte- puede llegar a serlo. Estoy convencido de que es necesario debatir seriamente sobre la posibilidad de instalar un Sistema Parlamentario, porque una “parlamentarización del presidencialismo”, o cualquier otra clase de injerto, no es recomendable.
Por otra parte, el presidencialismo ha fracasado claramente en toda América Latina. Su ineficiencia ha generado varias dictaduras y en los 25 años de democracia argentina, nos ha generado varios y serios problemas, que con un Sistema Parlamentario podían haberse solucionado sin tantas dificultades y sin muertos, porque no eran crisis tan graves.
Para terminar, quiero repetir lo dicho al principio: Necesitamos un sistema que nos permita tener gobiernos fuertes, un sistema que facilite las alianzas y las negociaciones a la luz del día, porque necesitamos políticas de estado. Políticas que la perversidad intrínseca del presidencialismo impide concretar. Si no somos capaces de generar políticas de estado, alianzas y consensos sobre los problemas básicos y estructurales de nuestro país, vamos a perder una vez más el tren de la historia.

¿ES LA ARGENTINA UNA SOCIEDAD VIABLE?


Me gustaría invitarlos a pensar sobre un asunto muy preocupante, que podría sintetizar en la siguiente pregunta... ¿Es la Argentina una sociedad viable?
Mas allá de la importancia de los aspectos económicos y políticos de un país, es importante analizar el aspecto humano, porque esa es la base de un país en el cuál valga la pena vivir.
Sin dudas el capital mas importante de una sociedad es su capital humano, y digo "una sociedad" en lugar de "un país", porque esto último refiere a cuestiones tales como territorios, banderas, etc. que para mi no son lo más importante, porque lo esencial es la existencia de un grupo humano cohesionado, honesto, instruido, informado, con reglas de convivencia respetadas por todos, y con unas metas e ideales compartidos por alcanzar.
En este punto es bueno recordar la conocida definición de "El Analfabeto Político"
"No hay peor analfabeto que el analfabeto político. Él no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los alimentos, de la energía, y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política, sin comprender que de su ignorancia y desinterés, nace el indigente, el asaltante, la prostituta, el niño abandonado, y el peor de todos los bandidos, que es el político corrupto"
Estas palabra fueron escritas hace muchos años, pero la esencia del mensaje es atemporal, universal, y perfectamente entendible.
La intención es poner en debate el carácter del argentino medio, sobre el que circulan algunos chistes en el extranjero, generalmente crueles, pero que no dejan de reflejar una parte de la realidad.
1º) ¿Cómo se suicida un argentino? Respuesta: Se sube a lo más alto de su ego y se arroja al vacío.
2º) ¿Cuál es el mejor negocio del mundo? Respuesta: Comprar un argentino por lo que vale, y venderlo por lo que él cree que vale.
3º) Cuando Dios estaba creando el mundo, le otorgó a la Argentina una variedad de climas y paisajes, un rico subsuelo, fértiles campos y extensas costas. Entonces un colaborador le dijo si no estaba siendo injusto para con los otros países, a lo que el Creador respondió: "Es posible, pero ya verás la clase de gente que le pongo dentro, para compensar."
En fin, la idea es reflexionar sobre la idiosincrasia del argentino medio, y plantearnos los desafíos que tenemos por delante, hasta alcanzar la calidad de ciudadano que necesitamos para concretar los cambios que nos permitan tener un país mejor.
Sin dudas el desafío es grande, no será fácil y llevara mucho tiempo, pero no existe otro camino, ya que ninguna reforma política resultará efectiva, si los ciudadanos no están preparados para concretarla.
Cuando citamos algunos sistemas políticos que funcionan muy bien en otros países y que brindan una excelente calidad de vida a sus ciudadanos, la respuesta típica es: "los argentinos no somos alemanes, suecos, noruegos o suizos" Ciertamente eso es verdad, pero no es una excusa para no intentarlo, porque siempre es posible mejorar. La alternativa es vivir pobres, rodeados de delincuentes, robandonos y matándonos los unos a los otros. No creo que esa sea una alternativa deseable para nadie.

MUCHAS PREGUNTAS Y POCAS RESPUESTAS

La responsabilidad en política es compartida por todos los que dejamos hacer, casi siempre por comodidad o por desidia. También existen otros motivos para dejan hacer a esos tipos, por ejemplo, la fatal mezcla de ingenuidad y malicia, al pensar que, si esos tipos "son vivos" y están "de nuestro lado", aunque sus procedimientos no sean los más limpios, puede que me convenga, que me permita sacar alguna ventaja, sin advertir que esos tipos solo son fieles a si mismos.

Como ocurre en la conocida fábula donde el escorpión mata a la rana, y se condena a morir ahogado, solo porque es incapaz de modificar su conducta -su instinto- consistente en clavar su ponzoñoso aguijón a los otros animales, sin siquiera reparar en que se está perjudicando a si mismo. Recuerden amigos... "el turco es vivo", decían muchos en referencia al innombrable, y "nos va a sacar adelante"... Y más allá de alguna excepción, así quedamos.

Pero bueno, ¿es que todos los políticos son iguales?, ¿es que estamos condenados sin remedio?, ¿es que no hay salida?. A todos aquellos que piensan que la única salida es el "sálvese quien pueda", "hacer la mía", etc... les pido que reflexiones sobre si están dispuestos a vivir en una sociedad donde haya que estar siempre en guardia, robándonos y haciéndonos zancadillas los unos a los otros. Ya se sabe, "cocodrilo que se duerme, es cartera". La ley de la selva. ¿Vale la pena vivir así?.

No señores, digamos basta a toda esta mierda -con perdón de la palabra- y busquemos algo mejor, para nosotros y para nuestros hijos, a los que no podemos proteger todo el tiempo y para siempre. Y creo que la respuesta comienza por dejar de ser tan individualistas, insolidarios y chantas, "virtudes" tan difundidas entre nosotros. Tanto que muchos ya ni siquiera lo notan, o por la fuerza de costumbre, no imaginan que se pueda vivir de otra manera.

Sin embargo, hay otra, hay muchas otras, pero debemos comenzar por nosotros mismos, y fijarnos muy bien a quienes votamos, y participar en política, buscando algún grupo que nos represente -aunque sea chico- y exigir la posibilidad constitucional de ejercer control efectivo sobre nuestros representantes y de revocar sus mandatos si fuera necesario. La democracia no consiste en presentarse a votar cada dos años, sino en controlar que nuestros elegidos cumplan con sus promesas, y si no lo hacen, reclamar con todas las fuerzas y los mecanismos que nos puede dar la democracia, si la ponemos al servicio de ciudadano, y no del político corrupto.

Ya se que esto no es cómodo, tampoco es fácil, pero es muy estimulante, y además, aquí si... "No hay otra", ya que nadie puede salvarse solo, o nos "salvamos" todos -como sociedad organizada y ética- o no se "salva" nadie... Creanlo, por favor.

Es frecuente escuchar a muchos compatriotas declamar que los argentinos somos buena gente, solidarios, sensibles, habilidosos, y como si fuera poco, inteligentes, creativos, etc... En otras palabras, los mejores del mundo. También se dice que los argentinos "nos merecemos" tal o cuál cosa, o que "no nos merecemos" esto o aquello.

Sin embargo, lamento decirles que si hablamos del ciudadano "promedio", casi nada de esto es cierto. ¿Qué hemos hecho para merecer o dejar de merecer esto o aquello?... Seamos sinceros, nada, o casi nada.
Está claro que hay muchas excepciones -afortunadamente- pero lo que mata es el promedio.

CRISIS GLOBAL SIN DIAGNÓSTICO


En medio de esta crisis global, todo el mundo discute sobre cuales han de ser las medidas de ajuste para "meter en caja" a las crisis producidas por los desbordados déficit fiscales en los distintos países. Unas crisis que antes eran exclusivas de los países periféricos (especialmente de Asia y América latina) pero que poco a poco han ido avanzando desde la periferia hacia el centro, afectando a las principales economías del mundo, como Europa y USA. Evidentemente estos problemas comenzaron a manifestarse en los sectores financieros y especulativos, pero luego se han extendido hacia las economías reales. 
Veo que se habla mucho de los síntomas de la enfermedad y de los posibles remedios, pero nada o casi nada del origen de la misma. Y si no conocemos el origen de la enfermedad, difícilmente podremos encontrar los remedios adecuados.
En este punto pregunto a los "hombres sabios" (yo tengo mis certezas) si la "deslocalización", es decir; el continuo fluir de actividades productivas desde los países otrora industrializados hacia los "paraísos fiscales-productivos" implantados en países del tercer mundo, no tendrá "algo que ver" en esta crisis.
Me pregunto como podrán los países otrora industrializados solventar sus economías y ese "estado benefactor" envidiado por el resto del mundo, si todas las actividades productivas se re-localizan fuera de sus fronteras. Si no se produce tampoco se exporta, entonces, ¿Cómo se equilibran las cuentas de resultado entre los ingresos y los egresos?
Este esquema internacional llamado "globalización económica" es muy provechoso para las empresas de capital multinacional, pero es desastroso para los países. Si las clases dirigentes son incapaces de establecer un sistema de eficientes controles a la libre circulación de bienes, servicios y capitales por el mundo, entonces los pueblos deberán encargarse de boicotear a esos productos, servicios, empresas y capitales "golondrinas", no consumiendo lo que producen. Ya veremos cuanto tiempo pueden soportar las empresas de capital multinacional, un boicot tan globalizado como ellos mismos.
A llegado la hora de que todos los pueblos del mundo comiencen a luchar masivamente contra estos "grandes hermanos" internacionales, recurriendo a nuevas herramientas (porque la situación también lo es) en principio desde el papel de simples consumidores, al que pretenden reducirnos las grandes empresas de capital multinacional.
En algunos países hace ya tiempo que han comenzado a gestarse movimientos en ese sentido, pero ahora es el momento de profundizarlos y extenderlos a la mayor cantidad posible de países, para que esta desigual lucha comience a rendir frutos. Creo que estas grandes empresas de capital multinacional son gigantes con pies de barro, muy poderosas para manipular distintos factores de poder (incluyendo a los gobiernos de muchos países) pero incapaces de resistir un boicot globalizado contra esos bienes y servicios que producen en condiciones indignas para el ser humano.