viernes, 30 de enero de 2026

PARADOJAS DEL PRESIDENCIALISMO (16/11/2009))

Nota de A.F. Laría en el diario "La Capital" de Mar del Plata (Marzo/2009)

En el marco de un sistema presidencialista como el argentino es comprensible que, para el titular del Poder Ejecutivo, una consulta democrática al electorado se convierta en un "escollo" u obstáculo fastidioso puesto en su camino. El Presidente ha sido plebiscitado en las urnas el día de su elección y, por consiguiente, cualquier resultado electoral adverso posterior erosiona su legitimidad de origen.
Este es un problema que nunca se suscita en los sistemas parlamentarios, donde un resultado electoral que modifica la mayoría parlamentaria, fuerza la sustitución del Ejecutivo para conservar la coherencia entre Gobierno y Parlamento.
En el sistema parlamentario, la "anticipación" de las elecciones, es decir su convocatoria antes de que finalice el período de mandato de los diputados, es un acto legítimo y habitual.
Allí, el Gobierno no es más que un poder delegado del Parlamento y cuando pierde el apoyo de uno de los partidos que conforman la coalición que ha permitido su formación o existe una situación de elevado desgaste del Primer Ministro, lo habitual es el llamado anticipado a elecciones. Esto conlleva la disolución del Parlamento y la renovación completa de las cámaras, es decir un modo de "barajar y dar de nuevo".
En un sistema presidencialista, frente a un mandato rígido del Presidente, la convocatoria anticipada de elecciones de diputados carece de significado institucional alguno y responde a meras razones de oportunidad u oportunismo electoral.
Sin embargo, lo que desde un punto de vista táctico puede considerarse una maniobra hábil del Ejecutivo, desde la perspectiva de la calidad institucional no deja de ser una medida deplorable.
Las cuestiones vinculadas a las "reglas de juego", en las democracias consolidadas, son siempre objeto de protección especial. En general, cualquier modificación del régimen electoral, debe hacerse por medio de "leyes orgánicas" (España) o "leyes constitucionales" (Italia), es decir leyes cuya modificación o derogación exige mayoría absoluta del Congreso (la mitad más uno de todos sus miembros y no sólo la de los legisladores presentes) en una votación final sobre el conjunto del proyecto.En la Argentina, según el artículo 77 de la Constitución Nacional, cualquier modificación del sistema electoral o del régimen de partidos políticos, también necesita de una Ley aprobada por la mayoría absoluta de las dos Cámaras del Congreso.
Esta protección especial pone de manifiesto que estamos frente a una materia delicada, que no pude ser objeto de manipulación partidista, para ajustarla a las necesidades políticas de uno de los jugadores. Por consiguiente, la modificación intempestiva de las reglas de juego, sin buscar el consenso con la oposición, nos instala nuevamente en un escenario de debilidad institucional.
La enorme paradoja de una elección anticipada en el marco de un sistema presidencialista, es que institucionalmente carece de sentido. Si el mandato de los diputados es rígido, al igual que el mandato del presidente, no existe justificación alguna que explique esta modificación del Código Electoral.
De este modo, la Argentina se encontrará ante un escenario en el que los diputados electos el 28 de junio de 2009 no podrán asumir hasta la finalización del mandato de los que van a ser sustituidos en el mes de diciembre de 2009. Si el resultado electoral cambia la composición política de las Cámaras, se estará frente a un Congreso que continuará dictando leyes entre julio y diciembre, pero que ha perdido prematuramente su legitimidad.
Además, si el Gobierno pierde en junio la mayoría parlamentaria, se pasará, a partir de enero de 2010, del "presidencialismo absoluto" al "presidencialismo impotente". Es un rasgo característico del sistema presidencialista que cuando el Gobierno no cuenta con suficiente respaldo parlamentario, sobreviene una época de crisis y extrema debilidad presidencial.
La convocatoria anticipada de elecciones efectuada por la presidenta Cristina Fernández, permite poner al descubierto las enormes contradicciones y paradojas del sistema presidencialista. La rigidez del mandato presidencial, causa histórica de decenas de crisis institucionales en América latina, muestra una y otra vez la base estructuralmente ineficiente de las "monarquías electivas". En la vida social, se suele ser más práctico. Ningún club de fútbol designa a un entrenador o DT por un período rígido de tiempo, garantizando su plena estabilidad a pesar de los malos resultados.
Sin embargo, en un tema tan delicado como en la responsabilidad de gobernar una nación, se hace exactamente eso: se designa al entrenador por cuatro años y, cualquiera que sean los resultados, se espera resignadamente a que termine su mandato. Luego, claro, llegan las quejas de que las cosas, en el terreno institucional, no van demasiado bien en la Argentina.

DEBATE SOBRE PARLAMENTARISMO Y PRESIDENCIALISMO (18/11/2009)

DEBATE SOBRE PARLAMENTARISMO Y PRESIDENCIALISMO EN LA UBA - 18/11/2009

Últimamente se escucha hablar de “parlamentarización del presidencialismo” y es curioso ver que en países donde el parlamentarismo ha puesto límites concretos al presidencialismo (como en Italia) se habla de “presidencialización del parlamentarismo” Creo que no es conveniente mezclar instituciones y sistemas. En Argentina la reforma constitucional de 1994 mezcló cosas que no se podían mezclar. Injertó algunas instituciones del parlamentarismo en un sistema presidencialista, sin definirlas adecuadamente. Realizó una transferencia del poder constituyente al poder constituido. No voy a entrar en detalles, pero muchas de las dificultades que hoy tenemos, provienen de estos injertos.
El presidencialismo en América Latina arrastra malas experiencias a lo largo de dos siglos. Sin ir tan lejos, analicemos lo ocurrido desde 1980 para acá. Por suerte hemos tenido solo un par de golpes de estado, pero hemos tenido casi 20 presidentes con mandatos interrumpidos, muchos con violencia y con muertos. Algo está fallando. Debemos tener la posibilidad de cambiar un gobierno sin necesidad de matar a nadie. Una crisis de gobierno no se debe convertir en una crisis del sistema, un pequeño vuelco no debe convertirse en un desbarrancamiento fatal.
El presidencialismo encierra en si mismo una lógica perversa, porque un candidato puede quedarse con todo el poder, gracias a una diferencia mínima de votos. Hemos sufrido ese problema en México y en Costa Rica, donde una diferencia mínima ha determinado una presidencia. A partir de ese momento, la oposición se dedica a obstaculizar al gobierno y a tratar de arrebatarle el poder. Hay personas que se adaptan a esta situación perversa, evidentemente porque son perversos, pero, mas allá de las personas, el sistema en si mismo es perverso. Se dice que no podemos pasar a un sistema parlamentario puro como los europeos, porque no tenemos experiencia. Pero yo pregunto ¿que experiencia tenían nuestro próceres en 1810 o 1816? Según esta lógica, debían haber continuado bajo el régimen colonial, sin plantearse ningún cambio.
Por otra parte, no es cierto que no tengamos experiencia. En todas las crisis a que hemos sufrido, siempre hemos salido gracias al parlamentarismo. Nosotros mismos hemos tenido una salida parlamentaria a la crisis del 2001. Mal hecha y a los tumbos, claro, porque nuestro sistema es presidencialista. Entonces, si el sistema sirve en épocas de crisis, ¿por qué no ha de servir en épocas normales? Una de las virtudes del parlamentarismo es justamente la de evitar las crisis.
Por otro lado, en Argentina tenemos un sistema electoral cruzado con el sistema presidencialista. La lógica presidencialista demanda un sistema electoral de mayorías y minorías, que es injusto, porque deja sin representación a expresiones minoritarias, y obliga al votante a tomar opciones “de hierro”, pero es el sistema electoral que se adapta al presidencialismo, porque garantiza al presidente electo que al menos los dos primeros años, tendrá mayoría en las cámaras.
Sin embargo, nosotros tenemos el sistema de cociente electoral (proporcional) que es propio del parlamentarismo. El resultado es la desaparición de los partidos políticos en América Latina, porque un sistema proporcional, mezclado con un sistema presidencialista, atomiza las fuerzas políticas. Cualquiera que tenga una cierta cantidad de votos, puede postularse usando un “sello de goma” y ocupar una banca, debilitando el sistema de partidos.
Un Sistema Parlamentario obliga a realizar por lo menos dos coaliciones, una oficialista y otra opositora. Históricamente esas coaliciones han acabado formando partidos unificados, y si no lo logran, igualmente son positivas, porque implican consensuar políticas. Se entiende que esas alianzas se configuran por razones de gobernabilidad, se reparten puestos en el gabinete, etc. pero se arman a la vista de todos. A veces esas alianzas son heterogéneas, pero se hacen a la vista, no son oscuros contubernios.
En cambio, en los Sistemas Presidencialistas, las alianzas se arman a escondidas, y por lo tanto siempre resultan sospechosas. Se dice que el parlamentarismo no garantiza evitar todas las crisis, pero, si la crisis es terminal -si es un tsunami- no hay quién la pare y en ese caso, ¡sálvese quien pueda! Pero no todas las crisis son de ese calibre, de hecho, las ocurridas en América Latina durante los últimos 20 años, han sido solo crisis políticas, que el presidencialismo ha convertido en crisis de sistema, porque esa es su lógica perversa. Nuestra crisis del 2001, fue una crisis política grave, pero no fue un tsunami. Sin embargo, el propio sistema nos llevó al borde del abismo, cuando en un Sistema Parlamentario, se habría solucionado con mucha mayor facilidad y nos hubiéramos ahorrado unas cuantas vidas humanas.
No creo que convenga seguir mezclando instituciones y sistemas. Se habla mucho del semi parlamentarismo del modelo francés, pero ese sistema fue el resultado de una coyuntura especial, porque los gobiernos de la época no pudieron imponerse al ejército, para acabar con la guerra colonialista, y tuvieron que llamar al general De Gaulle, quién tomó la decisión de conceder la independencia a Argelia, terminando así con la guerra y salvando a Francia. La constitución francesa que instituyó el semi-parlamentarismo, no fue producto de un debate de la sociedad. Fue un proyecto redactado por un ministro de De Gaulle, aprobado por un plebiscito, y tiene un inconveniente serio de carácter institucional.
En un Sistema Parlamentario, el presidente (jefe de estado) no gobierna, pero tiene el poder de decidir en situaciones de crisis. Puede convocar a los líderes políticos y puede encargar la formación de un nuevo gobierno. Y si eso falla, tiene el poder de disolver el parlamento y llamar a elecciones anticipadas, en un breve lapso de tiempo. El jefe de estado ejerce un “poder moderador”, por eso es una figura un tanto patriarcal y políticamente neutra. Normalmente se elige para ese cargo a un político de edad avanzada, con una vida política ya hecha y sin ambiciones personales. Alguien que está “más allá del bien y del mal” Por eso es un error que en Francia el jefe de estado sea el político que perdió las elecciones, o sea, el jefe de la oposición, cosa que lógicamente genera problemas, porque esa figura política está muy lejos de una neutralidad patriarcal.
Como vemos, el sistema francés tiene muy poco de parlamentario. Es un Sistema Presidencialista con muletas para llegar hasta las próximas elecciones. Sin embargo ha sido adoptado por muchas de las nuevas democracias de Europa Oriental, donde está generando muchísimos problemas, demostrando una vez más que quedarse a medio camino con soluciones híbridas nunca es bueno.
En nuestro país tenemos muchos problemas institucionales y creo que la solución pasa por generar un gran debate nacional, para armar una nueva ingeniería institucional, con un poder más horizontal, con mayores controles, pero con gobiernos fuertes, que tengan mayoría parlamentaria, producto de alianzas. Y cuando pierden esa mayoría, tienen que irse a casa y dejar lugar a un nuevo gobierno.
Así terminaríamos con las re-re-elecciones. Si un gobierno mantiene la mayoría parlamentaria, o sea, mantiene los consensos, estará en el poder el tiempo que sea, hasta que la pierda, y punto.
En Europa algunos gobiernos se han mantenido muchos años en el poder, simplemente porque tenían los apoyos y consensos necesarios, pero siempre con un fuerte control de la oposición. Y cuando lo pierden, se van a su casa, sin alternativas, porque así lo han determinado las fuerzas parlamentarias.
En nuestro país no solo en el Ejecutivo y el Legislativo tenemos problemas. En el poder Judicial tenemos un Consejo de la Magistratura totalmente desdibujado, con una Constitución que dice “la Corte gobierna y el Consejo administra”, conceptos y funciones que hasta el día de hoy no están claros.
En un Sistema Parlamentario, el Consejo de la Magistratura gobierna el poder Judicial, pero eso no ocurre entre nosotros. El control “constitucional” en última instancia lo ejerce un tribunal constitucional, que es un tribunal político, que está fuera del poder Judicial. Es una especie de cuarto poder, que hay que diseñar con mucho cuidado, porque es el que resuelve los conflictos de poderes y es también quien puede decidir si una ley perdió vigencia y es inconstitucional. Este es un control de “inconstitucionalidad” serio, que hoy no tenemos. La declaración de inconstitucionalidad de la Corte Suprema no tiene peso, y no obliga siquiera al resto de los tribunales del país. En cada caso hay que recurrir a la Corte Suprema, rezando por que no haya muerto ninguno de los jueces, porque eso puede cambiar todo.
Supongamos que alguien quiere invertir 100 millones de dólares, y pregunta si un contrato es válido. Yo tengo que contestar que con esta corte si, pero mañana no lo se. Y ni hablar de los casos penales, porque lo que hoy no es delito, mañana -con otra corte- puede llegar a serlo. Estoy convencido de que es necesario debatir seriamente sobre la posibilidad de instalar un Sistema Parlamentario, porque una “parlamentarización del presidencialismo”, o cualquier otra clase de injerto, no es recomendable.
Por otra parte, el presidencialismo ha fracasado claramente en toda América Latina. Su ineficiencia ha generado varias dictaduras y en los 25 años de democracia argentina, nos ha generado varios y serios problemas, que con un Sistema Parlamentario podían haberse solucionado sin tantas dificultades y sin muertos, porque no eran crisis tan graves.
Para terminar, quiero repetir lo dicho al principio: Necesitamos un sistema que nos permita tener gobiernos fuertes, un sistema que facilite las alianzas y las negociaciones a la luz del día, porque necesitamos políticas de estado. Políticas que la perversidad intrínseca del presidencialismo impide concretar. Si no somos capaces de generar políticas de estado, alianzas y consensos sobre los problemas básicos y estructurales de nuestro país, vamos a perder una vez más el tren de la historia.

¿ES LA ARGENTINA UNA SOCIEDAD VIABLE?


Me gustaría invitarlos a pensar sobre un asunto muy preocupante, que podría sintetizar en la siguiente pregunta... ¿Es la Argentina una sociedad viable?
Mas allá de la importancia de los aspectos económicos y políticos de un país, es importante analizar el aspecto humano, porque esa es la base de un país en el cuál valga la pena vivir.
Sin dudas el capital mas importante de una sociedad es su capital humano, y digo "una sociedad" en lugar de "un país", porque esto último refiere a cuestiones tales como territorios, banderas, etc. que para mi no son lo más importante, porque lo esencial es la existencia de un grupo humano cohesionado, honesto, instruido, informado, con reglas de convivencia respetadas por todos, y con unas metas e ideales compartidos por alcanzar.
En este punto es bueno recordar la conocida definición de "El Analfabeto Político"
"No hay peor analfabeto que el analfabeto político. Él no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los alimentos, de la energía, y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política, sin comprender que de su ignorancia y desinterés, nace el indigente, el asaltante, la prostituta, el niño abandonado, y el peor de todos los bandidos, que es el político corrupto"
Estas palabra fueron escritas hace muchos años, pero la esencia del mensaje es atemporal, universal, y perfectamente entendible.
La intención es poner en debate el carácter del argentino medio, sobre el que circulan algunos chistes en el extranjero, generalmente crueles, pero que no dejan de reflejar una parte de la realidad.
1º) ¿Cómo se suicida un argentino? Respuesta: Se sube a lo más alto de su ego y se arroja al vacío.
2º) ¿Cuál es el mejor negocio del mundo? Respuesta: Comprar un argentino por lo que vale, y venderlo por lo que él cree que vale.
3º) Cuando Dios estaba creando el mundo, le otorgó a la Argentina una variedad de climas y paisajes, un rico subsuelo, fértiles campos y extensas costas. Entonces un colaborador le dijo si no estaba siendo injusto para con los otros países, a lo que el Creador respondió: "Es posible, pero ya verás la clase de gente que le pongo dentro, para compensar."
En fin, la idea es reflexionar sobre la idiosincrasia del argentino medio, y plantearnos los desafíos que tenemos por delante, hasta alcanzar la calidad de ciudadano que necesitamos para concretar los cambios que nos permitan tener un país mejor.
Sin dudas el desafío es grande, no será fácil y llevara mucho tiempo, pero no existe otro camino, ya que ninguna reforma política resultará efectiva, si los ciudadanos no están preparados para concretarla.
Cuando citamos algunos sistemas políticos que funcionan muy bien en otros países y que brindan una excelente calidad de vida a sus ciudadanos, la respuesta típica es: "los argentinos no somos alemanes, suecos, noruegos o suizos" Ciertamente eso es verdad, pero no es una excusa para no intentarlo, porque siempre es posible mejorar. La alternativa es vivir pobres, rodeados de delincuentes, robandonos y matándonos los unos a los otros. No creo que esa sea una alternativa deseable para nadie.

MUCHAS PREGUNTAS Y POCAS RESPUESTAS

La responsabilidad en política es compartida por todos los que dejamos hacer, casi siempre por comodidad o por desidia. También existen otros motivos para dejan hacer a esos tipos, por ejemplo, la fatal mezcla de ingenuidad y malicia, al pensar que, si esos tipos "son vivos" y están "de nuestro lado", aunque sus procedimientos no sean los más limpios, puede que me convenga, que me permita sacar alguna ventaja, sin advertir que esos tipos solo son fieles a si mismos.

Como ocurre en la conocida fábula donde el escorpión mata a la rana, y se condena a morir ahogado, solo porque es incapaz de modificar su conducta -su instinto- consistente en clavar su ponzoñoso aguijón a los otros animales, sin siquiera reparar en que se está perjudicando a si mismo. Recuerden amigos... "el turco es vivo", decían muchos en referencia al innombrable, y "nos va a sacar adelante"... Y más allá de alguna excepción, así quedamos.

Pero bueno, ¿es que todos los políticos son iguales?, ¿es que estamos condenados sin remedio?, ¿es que no hay salida?. A todos aquellos que piensan que la única salida es el "sálvese quien pueda", "hacer la mía", etc... les pido que reflexiones sobre si están dispuestos a vivir en una sociedad donde haya que estar siempre en guardia, robándonos y haciéndonos zancadillas los unos a los otros. Ya se sabe, "cocodrilo que se duerme, es cartera". La ley de la selva. ¿Vale la pena vivir así?.

No señores, digamos basta a toda esta mierda -con perdón de la palabra- y busquemos algo mejor, para nosotros y para nuestros hijos, a los que no podemos proteger todo el tiempo y para siempre. Y creo que la respuesta comienza por dejar de ser tan individualistas, insolidarios y chantas, "virtudes" tan difundidas entre nosotros. Tanto que muchos ya ni siquiera lo notan, o por la fuerza de costumbre, no imaginan que se pueda vivir de otra manera.

Sin embargo, hay otra, hay muchas otras, pero debemos comenzar por nosotros mismos, y fijarnos muy bien a quienes votamos, y participar en política, buscando algún grupo que nos represente -aunque sea chico- y exigir la posibilidad constitucional de ejercer control efectivo sobre nuestros representantes y de revocar sus mandatos si fuera necesario. La democracia no consiste en presentarse a votar cada dos años, sino en controlar que nuestros elegidos cumplan con sus promesas, y si no lo hacen, reclamar con todas las fuerzas y los mecanismos que nos puede dar la democracia, si la ponemos al servicio de ciudadano, y no del político corrupto.

Ya se que esto no es cómodo, tampoco es fácil, pero es muy estimulante, y además, aquí si... "No hay otra", ya que nadie puede salvarse solo, o nos "salvamos" todos -como sociedad organizada y ética- o no se "salva" nadie... Creanlo, por favor.

Es frecuente escuchar a muchos compatriotas declamar que los argentinos somos buena gente, solidarios, sensibles, habilidosos, y como si fuera poco, inteligentes, creativos, etc... En otras palabras, los mejores del mundo. También se dice que los argentinos "nos merecemos" tal o cuál cosa, o que "no nos merecemos" esto o aquello.

Sin embargo, lamento decirles que si hablamos del ciudadano "promedio", casi nada de esto es cierto. ¿Qué hemos hecho para merecer o dejar de merecer esto o aquello?... Seamos sinceros, nada, o casi nada.
Está claro que hay muchas excepciones -afortunadamente- pero lo que mata es el promedio.

CRISIS GLOBAL SIN DIAGNÓSTICO


En medio de esta crisis global, todo el mundo discute sobre cuales han de ser las medidas de ajuste para "meter en caja" a las crisis producidas por los desbordados déficit fiscales en los distintos países. Unas crisis que antes eran exclusivas de los países periféricos (especialmente de Asia y América latina) pero que poco a poco han ido avanzando desde la periferia hacia el centro, afectando a las principales economías del mundo, como Europa y USA. Evidentemente estos problemas comenzaron a manifestarse en los sectores financieros y especulativos, pero luego se han extendido hacia las economías reales. 
Veo que se habla mucho de los síntomas de la enfermedad y de los posibles remedios, pero nada o casi nada del origen de la misma. Y si no conocemos el origen de la enfermedad, difícilmente podremos encontrar los remedios adecuados.
En este punto pregunto a los "hombres sabios" (yo tengo mis certezas) si la "deslocalización", es decir; el continuo fluir de actividades productivas desde los países otrora industrializados hacia los "paraísos fiscales-productivos" implantados en países del tercer mundo, no tendrá "algo que ver" en esta crisis.
Me pregunto como podrán los países otrora industrializados solventar sus economías y ese "estado benefactor" envidiado por el resto del mundo, si todas las actividades productivas se re-localizan fuera de sus fronteras. Si no se produce tampoco se exporta, entonces, ¿Cómo se equilibran las cuentas de resultado entre los ingresos y los egresos?
Este esquema internacional llamado "globalización económica" es muy provechoso para las empresas de capital multinacional, pero es desastroso para los países. Si las clases dirigentes son incapaces de establecer un sistema de eficientes controles a la libre circulación de bienes, servicios y capitales por el mundo, entonces los pueblos deberán encargarse de boicotear a esos productos, servicios, empresas y capitales "golondrinas", no consumiendo lo que producen. Ya veremos cuanto tiempo pueden soportar las empresas de capital multinacional, un boicot tan globalizado como ellos mismos.
A llegado la hora de que todos los pueblos del mundo comiencen a luchar masivamente contra estos "grandes hermanos" internacionales, recurriendo a nuevas herramientas (porque la situación también lo es) en principio desde el papel de simples consumidores, al que pretenden reducirnos las grandes empresas de capital multinacional.
En algunos países hace ya tiempo que han comenzado a gestarse movimientos en ese sentido, pero ahora es el momento de profundizarlos y extenderlos a la mayor cantidad posible de países, para que esta desigual lucha comience a rendir frutos. Creo que estas grandes empresas de capital multinacional son gigantes con pies de barro, muy poderosas para manipular distintos factores de poder (incluyendo a los gobiernos de muchos países) pero incapaces de resistir un boicot globalizado contra esos bienes y servicios que producen en condiciones indignas para el ser humano.

VIGENCIA DEL PERONISMO, O ALGO ASÍ.


Hace ya unos cuantos años, tengo firmes sospechas de que el Partido Peronista, Justicialista, o como se llame, ya no existe, a contramano de algunas evidencias más o menos tangibles.

Hagamos un poco de historia.

Igual que muchos argentinos, yo creía en la existencia de ese partido, sobre todo por referencia de mi mayores, quienes referían que allá por el año 1945, un general del Ejército Argentino (organización antipopular, si las hay) se convirtió sorprendentemente en un auténtico "conductor de masas", que ingresó a la arena política, llegando a alcanzar la presidencia de la nación mediante el voto popular, y una vez en el poder, concedió a la clase trabajadora una serie de beneficios que nunca había tenido, con lo que se ganó su eterna gratitud.

Más allá de las motivaciones del general, que siempre fueron materia de discusión, esa gratitud fue transmitiéndose de padres a hijos, hasta llegar a nuestros días, y tan fuerte resultó, que a partir de aquel momento, cualquier personaje, por mas nefasto que fuera, tan solo con declarar su adhesión a aquella doctrina y exhibir algún retrato del general y/o de su esposa, logrará imponerse en cualquier elección a la que se presente.
Igualmente curioso resultó que ninguno de esos personajes, que se alternaron en la sucesión dinástica del general, repitieron ni por aproximación la performance del fundador del movimiento. Incluso uno de ellos, durante los años 90, llegó a aplicar políticas absolutamente antagónicas a las que cimentaron la devoción hacia aquel general, sin perder por ello el apoyo incondicional de sus votantes.

Total, que esta extravagancia nacional, nos instala nuevamente en el punto de partida de este escrito, o sea... que el Partido Peronista no existe... y su lugar ha sido ocupado por una especie de fantasma, una alucinación colectiva, una realidad paralela, sin embargo suficientemente poderosa, como para continuar ganando elecciones, factor que --cuál poderoso imán-- atrae hacia el movimiento toda clase de oportunistas políticos y enfermos del poder, sabedores de que les alcanzará con ponerse la camiseta del partido, para iniciar un seguro camino hacia el logro de sus ambiciones.

En este punto hay que mencionar un atenuante a esta recurrente alucinación colectiva, como es el hecho de que nunca existió una alternativa política superadora. Y si alguna vez intentó aparecer alguna, le faltaron argumentos, fuerza, convicción, constancia, y "pelotas" como diría algún desvergonzado. Además, la burocracia del partido hegemónico, sumada al sindicalismo, su aliado natural, se encargó de hacerla desaparecer, no sea que les arruine el negocio.

El asunto es que después de todo, la famosa frase de Borges no ha perdido su vigencia y solo necesita una pequeña corrección, consistente en cambiar la palabra "peronistas" por "oportunistas", o cualquiera de los sinónimo antes mencionados. Vean sino lo bien que suena: “Los oportunistas no son buenos ni malos, son incorregibles”.
Consecuentemente, esa actualización también cabría aplicarla a la denominación del partido, que ahora podría llamarse “Partido Oportunista", o cualquier otra cosa, pero nunca más "Partido Peronista”, porque ese nombre no define gran cosa.

El final de esta historia podría ser pintoresco y hasta divertido, si no fuera que esta “realidad paralela”, se ha constituido en una barrera infranqueable para la aparición de alguna agrupación política realmente progresista a nivel nacional, porque ya se sabe que el pueblo argentino es Peronista, sea lo que sea lo que signifique esa palabra.