Últimamente se escucha hablar de “parlamentarización del presidencialismo” y es curioso ver que en países donde el parlamentarismo ha puesto límites concretos al presidencialismo (como en Italia) se habla de “presidencialización del parlamentarismo” Creo que no es conveniente mezclar instituciones y sistemas. En Argentina la reforma constitucional de 1994 mezcló cosas que no se podían mezclar. Injertó algunas instituciones del parlamentarismo en un sistema presidencialista, sin definirlas adecuadamente. Realizó una transferencia del poder constituyente al poder constituido. No voy a entrar en detalles, pero muchas de las dificultades que hoy tenemos, provienen de estos injertos.
El presidencialismo en América Latina arrastra malas experiencias a lo largo de dos siglos. Sin ir tan lejos, analicemos lo ocurrido desde 1980 para acá. Por suerte hemos tenido solo un par de golpes de estado, pero hemos tenido casi 20 presidentes con mandatos interrumpidos, muchos con violencia y con muertos. Algo está fallando. Debemos tener la posibilidad de cambiar un gobierno sin necesidad de matar a nadie. Una crisis de gobierno no se debe convertir en una crisis del sistema, un pequeño vuelco no debe convertirse en un desbarrancamiento fatal.
El presidencialismo encierra en si mismo una lógica perversa, porque un candidato puede quedarse con todo el poder, gracias a una diferencia mínima de votos. Hemos sufrido ese problema en México y en Costa Rica, donde una diferencia mínima ha determinado una presidencia. A partir de ese momento, la oposición se dedica a obstaculizar al gobierno y a tratar de arrebatarle el poder. Hay personas que se adaptan a esta situación perversa, evidentemente porque son perversos, pero, mas allá de las personas, el sistema en si mismo es perverso. Se dice que no podemos pasar a un sistema parlamentario puro como los europeos, porque no tenemos experiencia. Pero yo pregunto ¿que experiencia tenían nuestro próceres en 1810 o 1816? Según esta lógica, debían haber continuado bajo el régimen colonial, sin plantearse ningún cambio.
Por otra parte, no es cierto que no tengamos experiencia. En todas las crisis a que hemos sufrido, siempre hemos salido gracias al parlamentarismo. Nosotros mismos hemos tenido una salida parlamentaria a la crisis del 2001. Mal hecha y a los tumbos, claro, porque nuestro sistema es presidencialista. Entonces, si el sistema sirve en épocas de crisis, ¿por qué no ha de servir en épocas normales? Una de las virtudes del parlamentarismo es justamente la de evitar las crisis.
Por otro lado, en Argentina tenemos un sistema electoral cruzado con el sistema presidencialista. La lógica presidencialista demanda un sistema electoral de mayorías y minorías, que es injusto, porque deja sin representación a expresiones minoritarias, y obliga al votante a tomar opciones “de hierro”, pero es el sistema electoral que se adapta al presidencialismo, porque garantiza al presidente electo que al menos los dos primeros años, tendrá mayoría en las cámaras.
Sin embargo, nosotros tenemos el sistema de cociente electoral (proporcional) que es propio del parlamentarismo. El resultado es la desaparición de los partidos políticos en América Latina, porque un sistema proporcional, mezclado con un sistema presidencialista, atomiza las fuerzas políticas. Cualquiera que tenga una cierta cantidad de votos, puede postularse usando un “sello de goma” y ocupar una banca, debilitando el sistema de partidos.
Un Sistema Parlamentario obliga a realizar por lo menos dos coaliciones, una oficialista y otra opositora. Históricamente esas coaliciones han acabado formando partidos unificados, y si no lo logran, igualmente son positivas, porque implican consensuar políticas. Se entiende que esas alianzas se configuran por razones de gobernabilidad, se reparten puestos en el gabinete, etc. pero se arman a la vista de todos. A veces esas alianzas son heterogéneas, pero se hacen a la vista, no son oscuros contubernios.
En cambio, en los Sistemas Presidencialistas, las alianzas se arman a escondidas, y por lo tanto siempre resultan sospechosas. Se dice que el parlamentarismo no garantiza evitar todas las crisis, pero, si la crisis es terminal -si es un tsunami- no hay quién la pare y en ese caso, ¡sálvese quien pueda! Pero no todas las crisis son de ese calibre, de hecho, las ocurridas en América Latina durante los últimos 20 años, han sido solo crisis políticas, que el presidencialismo ha convertido en crisis de sistema, porque esa es su lógica perversa. Nuestra crisis del 2001, fue una crisis política grave, pero no fue un tsunami. Sin embargo, el propio sistema nos llevó al borde del abismo, cuando en un Sistema Parlamentario, se habría solucionado con mucha mayor facilidad y nos hubiéramos ahorrado unas cuantas vidas humanas.
No creo que convenga seguir mezclando instituciones y sistemas. Se habla mucho del semi parlamentarismo del modelo francés, pero ese sistema fue el resultado de una coyuntura especial, porque los gobiernos de la época no pudieron imponerse al ejército, para acabar con la guerra colonialista, y tuvieron que llamar al general De Gaulle, quién tomó la decisión de conceder la independencia a Argelia, terminando así con la guerra y salvando a Francia. La constitución francesa que instituyó el semi-parlamentarismo, no fue producto de un debate de la sociedad. Fue un proyecto redactado por un ministro de De Gaulle, aprobado por un plebiscito, y tiene un inconveniente serio de carácter institucional.
En un Sistema Parlamentario, el presidente (jefe de estado) no gobierna, pero tiene el poder de decidir en situaciones de crisis. Puede convocar a los líderes políticos y puede encargar la formación de un nuevo gobierno. Y si eso falla, tiene el poder de disolver el parlamento y llamar a elecciones anticipadas, en un breve lapso de tiempo. El jefe de estado ejerce un “poder moderador”, por eso es una figura un tanto patriarcal y políticamente neutra. Normalmente se elige para ese cargo a un político de edad avanzada, con una vida política ya hecha y sin ambiciones personales. Alguien que está “más allá del bien y del mal” Por eso es un error que en Francia el jefe de estado sea el político que perdió las elecciones, o sea, el jefe de la oposición, cosa que lógicamente genera problemas, porque esa figura política está muy lejos de una neutralidad patriarcal.
Como vemos, el sistema francés tiene muy poco de parlamentario. Es un Sistema Presidencialista con muletas para llegar hasta las próximas elecciones. Sin embargo ha sido adoptado por muchas de las nuevas democracias de Europa Oriental, donde está generando muchísimos problemas, demostrando una vez más que quedarse a medio camino con soluciones híbridas nunca es bueno.
En nuestro país tenemos muchos problemas institucionales y creo que la solución pasa por generar un gran debate nacional, para armar una nueva ingeniería institucional, con un poder más horizontal, con mayores controles, pero con gobiernos fuertes, que tengan mayoría parlamentaria, producto de alianzas. Y cuando pierden esa mayoría, tienen que irse a casa y dejar lugar a un nuevo gobierno.
Así terminaríamos con las re-re-elecciones. Si un gobierno mantiene la mayoría parlamentaria, o sea, mantiene los consensos, estará en el poder el tiempo que sea, hasta que la pierda, y punto.
En Europa algunos gobiernos se han mantenido muchos años en el poder, simplemente porque tenían los apoyos y consensos necesarios, pero siempre con un fuerte control de la oposición. Y cuando lo pierden, se van a su casa, sin alternativas, porque así lo han determinado las fuerzas parlamentarias.
En nuestro país no solo en el Ejecutivo y el Legislativo tenemos problemas. En el poder Judicial tenemos un Consejo de la Magistratura totalmente desdibujado, con una Constitución que dice “la Corte gobierna y el Consejo administra”, conceptos y funciones que hasta el día de hoy no están claros.
En un Sistema Parlamentario, el Consejo de la Magistratura gobierna el poder Judicial, pero eso no ocurre entre nosotros. El control “constitucional” en última instancia lo ejerce un tribunal constitucional, que es un tribunal político, que está fuera del poder Judicial. Es una especie de cuarto poder, que hay que diseñar con mucho cuidado, porque es el que resuelve los conflictos de poderes y es también quien puede decidir si una ley perdió vigencia y es inconstitucional. Este es un control de “inconstitucionalidad” serio, que hoy no tenemos. La declaración de inconstitucionalidad de la Corte Suprema no tiene peso, y no obliga siquiera al resto de los tribunales del país. En cada caso hay que recurrir a la Corte Suprema, rezando por que no haya muerto ninguno de los jueces, porque eso puede cambiar todo.
Supongamos que alguien quiere invertir 100 millones de dólares, y pregunta si un contrato es válido. Yo tengo que contestar que con esta corte si, pero mañana no lo se. Y ni hablar de los casos penales, porque lo que hoy no es delito, mañana -con otra corte- puede llegar a serlo. Estoy convencido de que es necesario debatir seriamente sobre la posibilidad de instalar un Sistema Parlamentario, porque una “parlamentarización del presidencialismo”, o cualquier otra clase de injerto, no es recomendable.
Por otra parte, el presidencialismo ha fracasado claramente en toda América Latina. Su ineficiencia ha generado varias dictaduras y en los 25 años de democracia argentina, nos ha generado varios y serios problemas, que con un Sistema Parlamentario podían haberse solucionado sin tantas dificultades y sin muertos, porque no eran crisis tan graves.
Para terminar, quiero repetir lo dicho al principio: Necesitamos un sistema que nos permita tener gobiernos fuertes, un sistema que facilite las alianzas y las negociaciones a la luz del día, porque necesitamos políticas de estado. Políticas que la perversidad intrínseca del presidencialismo impide concretar. Si no somos capaces de generar políticas de estado, alianzas y consensos sobre los problemas básicos y estructurales de nuestro país, vamos a perder una vez más el tren de la historia.