Más allá de las motivaciones del general, que siempre fueron materia de discusión, esa gratitud fue transmitiéndose de padres a hijos, hasta llegar a nuestros días, y tan fuerte resultó, que a partir de aquel momento, cualquier personaje, por mas nefasto que fuera, tan solo con declarar su adhesión a aquella doctrina y exhibir algún retrato del general y/o de su esposa, logrará imponerse en cualquier elección a la que se presente.
Igualmente curioso resultó que ninguno de esos personajes, que se alternaron en la sucesión dinástica del general, repitieron ni por aproximación la performance del fundador del movimiento. Incluso uno de ellos, durante los años 90, llegó a aplicar políticas absolutamente antagónicas a las que cimentaron la devoción hacia aquel general, sin perder por ello el apoyo incondicional de sus votantes.
Total, que esta extravagancia nacional, nos instala nuevamente en el punto de partida de este escrito, o sea... que el Partido Peronista no existe... y su lugar ha sido ocupado por una especie de fantasma, una alucinación colectiva, una realidad paralela, sin embargo suficientemente poderosa, como para continuar ganando elecciones, factor que --cuál poderoso imán-- atrae hacia el movimiento toda clase de oportunistas políticos y enfermos del poder, sabedores de que les alcanzará con ponerse la camiseta del partido, para iniciar un seguro camino hacia el logro de sus ambiciones.
En este punto hay que mencionar un atenuante a esta recurrente alucinación colectiva, como es el hecho de que nunca existió una alternativa política superadora. Y si alguna vez intentó aparecer alguna, le faltaron argumentos, fuerza, convicción, constancia, y "pelotas" como diría algún desvergonzado. Además, la burocracia del partido hegemónico, sumada al sindicalismo, su aliado natural, se encargó de hacerla desaparecer, no sea que les arruine el negocio.
El asunto es que después de todo, la famosa frase de Borges no ha perdido su vigencia y solo necesita una pequeña corrección, consistente en cambiar la palabra "peronistas" por "oportunistas", o cualquiera de los sinónimo antes mencionados. Vean sino lo bien que suena: “Los oportunistas no son buenos ni malos, son incorregibles”.
El final de esta historia podría ser pintoresco y hasta divertido, si no fuera que esta “realidad paralela”, se ha constituido en una barrera infranqueable para la aparición de alguna agrupación política realmente progresista a nivel nacional, porque ya se sabe que el pueblo argentino es Peronista, sea lo que sea lo que signifique esa palabra.